viernes, 30 de mayo de 2014

Luna de hiel

Muchos años atrás se decía que los primeros cinco años eran siempre los más difíciles en todo matrimonio.   Superar ese tiempo casi aseguraba un matrimonio hasta que la muerte los separe, pero hoy sabemos que esto no es real.  Además,  los cuatro años se han reducido a sólo uno o dos, y hasta que la muerte los separe es una lamentable realidad en ascenso a nivel mundial como consecuencia de las luchas de poder entre géneros.   Pero es posible que en mi propia realidad (nuestra realidad) sí aplicó la supervivencia del matrimonio al superar los primeros cinco años.   Esos años fueron muy difíciles por muchas razones, entre otras,  que ella no aportaba nada al hogar.   (En este punto los grupos feministas alegrarán que el trabajo en el hogar es una aportación, pero debo confesar que aún en ese sentido,  la aportación era mínima, pues realmente no teníamos casi nada, incluyendo la comida).  Pero de todo ese tiempo,  fué el primer año el que motivó mi arrepentimiento de casarme.  Fué el año que trajo todos los argumentos y motivaciones que "justificaban" el uso de la violencia física como reacción.   Ese año confluyeron todos los elementos negativos que podían provocar una explosión de violencia,  hasta encender la mecha.   Pero aún así la violencia física nunca llegó.

El día 10 de julio de 1983 luego de salir de nuestro circo mediático (la boda) nos dirigimos directamente al apartamento que yo había rentado dos semanas antes mediante un contrato legal de un año de duración y que consumía la mitad de mis ingresos; la renta era de $215.00 mensuales mientras mi ingreso era de $220.00 quincenales.

La tradicional luna de miel sirve para conocer mejor a la pareja y para descubrir nuevos secretos entre ambos,  y precisamente porque no había nada que descubrir decidí que tampoco tendríamos luna de miel.   También por ese motivo nuestra primera noche de boda se convirtió en un thriller de la vida real.  Esa primera noche fué una pesadilla para ambos porque ninguno de los dos encontró lo que quería.   Esa noche no me interesaba el sexo,  mi único deseo era castigarla por haberme engañando el mismo día de nuestra boda.   Quería humillarla de la misma manera que me sentía humillado por ella.  Fué una noche oscura y tenebrosa para la dignidad de cada cual y ninguno de los dos la queremos recordar.

En el transcurso de ese primer año surgieron fuertes discusiones que comenzaban y terminaban con acusaciones de puta de mi parte,  mientras ella se justificaba alegando ignorancia y culpando a su madre.  Pero a pesar de que nuestras discusiones eran recurrentes,  teníamos también momentos en los que todo quedaba atrás y me hacía pensar que podíamos superarlo si nos dábamos el tiempo necesario.   Pero a seis meses de nuestro matrimonio ella volvió a convocar al demonio con sus acciones.  Mostrando nuevamente su diabólico rostro,  esta princesa del infierno provocó nuevamente mi odio hacia ella y su pasado.  Controlar mi ira provocó que el odio fuera eterno porque nunca he podido superar que nuevamente humillara mi dignidad rechazando mi pasado mientras me endilgó el de ella.

Desde el comienzo de nuestro noviazgo,  fué fácil para mi reconocer que me encontraba frente a una celosa compulsiva (celotipia) pero mi condición de soltero y la distancia que nos separaba entre Ponce y Río Piedras me permitía aceptarla sin mayores problemas.   Pero según cambió nuestra relación de noviazgo a matrimonio,  su comportamiento también cambió de celosa compulsiva a celosa psicótica, condición enfermiza.  Con sus consistentes demostraciones de celos y sus constantes cuestionamientos, logró controlar gran parte de mi vida, mis decisiones y mis acciones.  Comencé también a sentirme vigilado.  Una de las primeras observaciones fué notar la desaparición del cassette de música que ella misma me había regalado la navidad anterior.  Blondie y sus canciones se había desaparecido de mi colección de discos y nunca supe cómo, ni por qué, por lo que me obliguó a inferir: ¿Cómo?  4D3L1N3 lo desapareció; ¿Por qué?  Como reacción de algunas de nuestras discusiones o, por sentido de propiedad (EL RADIO ES MIO).  No había opciones a la hora de señalar algún responsable,  o ella o yo.  A pesar de que era mi música favorita,  mantuve silencio absoluto y nunca la confronté en relación a esa desaparición.  Pero como lo que se dá no se quita, con el tiempo el diablo la visitó. Pasado algún tiempo pude notar la desaparición de otra de mis pertenencias,  mi pequeña libreta de teléfonos.  No eran muchos los números que allí guardaba pero todos eran amigos.  Tampoco supe nunca cuando ni cómo se desapareció mi pequeña libreta y nuevamente mantuve silencio absoluto.  Nunca pregunté ni acusé, pero la realidad era la misma, sólo dos sospechosos,  ella o yo.

Pero la acción que convocó las fuerzas del infierno fué cuando ella mutiló mi álbum de fotografías personales, destruyendo y desapareciendo del mismo todas las fotos en las que yo me encontraba compartiendo con amistades femeninas.  La maldita puta eliminó toda evidencia de mi juventud compartiendo en distintas actividades como playa, fiestas o reuniones y sólo dejó en el álbum las fotos en las que yo me encontraba sólo o compartiendo con amistades varones.  No sólo era una tradición familiar,  era el álbum de mi vida que recogía muchas de las aventuras compartidas antes de conocerla a ella.   Con atrevimiento satánico,  esa mujer mutiló mis recuerdos dejando solamente las fotografías en las que me encontraba con amigos varones como si tratara de engañarse a sí misma creándose la falsa ilusión de que ella era la primera mujer en mi vida.  La promiscua trató de eliminar mi pasado como se elimina una cucaracha, pisoteándola hasta la muerte.   ¿Qué autoridad moral tenia ella para hacerlo?  Ninguna.  Como esposo, yo era el cuarto hombre que entraba en su cuerpo, ¿porqué endilgarme su mentira y no reconocer mi verdad?

Estoy convencido de que con el tiempo esas fotos habrían perdido valor sentimental para mí y probablemente yo mismo hubiera dispuesto de ellas.  Pero su diabólica acción sólo logró perpetuar en mis recuerdos sus mentiras con odio y desdén.  Hasta el día de hoy,  más de 30 años después, he vivido con la duda de cual debió haber sido mi mejor proceder en aquella situación.  Esa duda no está resuelta. Todavía llevo la carga de vivir arrepentido de lo que no hice.  Controlando mis emociones con la esperanza de que las fotos plagiadas fueran devueltas, transcurrieron dos semanas que sirvieron como período de enfriamiento de cualquier reacción violenta de mi parte.  Pero al final de ese período acepté con dolor que no volvería a ver nunca esos recuerdos,  que la concubina del diablo las había destruido en su propio infierno.

Creyendo que de alguna manera hería sus sentimientos y que reparaba el agravio, decidí destruir por completo nuestro álbum de boda,  el mismo en el que ella aparecía con su traje de novia blanco cuan diosa de la mentira y que sirvió para demostrarle a todos su falsa virginidad.   Con dignidad herida, alicaído, la mente fría pero perturbada,  le notifiqué que como consecuencia de su acción destruiré también el álbum de la boda.  Pero su reacción me confirmó que ella nunca tuvo interés en la producción de ese álbum,  que su interés era únicamente el traje blanco.  Tomando casi con sarcasmo mi notificación,  la chupadora de emociones aceptó sin controversia su destrucción pero me preguntó si puede conservar únicamente la foto en la que se encontraba ella vestida de blanco junto a su padre, justificándose con amor paternal.  Su desafiánte pregunta e irritante justificación me hicieron notar que no importaban mis acciones porque ella estaba convencida que en nuestra guerra de la dignidad, ya ella había triunfado.  A pesar de que finalmente destruí por completo el maldito álbum,  su actitud me hizo sentir como Prometeo encadenado mientras su hígado era devorado cada vez que se recuperaba.  Fueron sus acciones satánicas y no el valor sentimental de las fotos lo que provocó en mí un permanente sentimiento de venganza, hasta que la muerte nos separe.

En diciembre de 1983 completé todos los cursos del Puerto Rico Junior College y en agosto del siguiente año cumplí mi más grande sueño de ese momento,  comencé a estudiar en la Universidad de Puerto Rico,  Recinto de Río Piedras.  Pensando en la posibilidad de estudiar leyes en el future, solicité y fuí aceptado para realizar estudios conducentes al grado de Bachiller en Relaciones Laborales,  en el Instituto de Relaciones del Trabajo,  adscrito a la Facultad de Ciencias Sociales de ese recinto universitario.  Mientras tanto 4D3L1N3 continuaba sus clades de secretaria en el PRJC donde permaneció hasta terminar en 1985 los cursos necesarios que le ameritan un diploma de Grado Asociado, equivalente a un certificado técnico.

Por fín,  en junio de 1986 otro de mis sueños se hizo realidad, me gradué de la Universidad de Puerto Rico (Cum Laude, o, Con Honor).  Pero mi inquieta mente me decía que no podía conformarme,  que yo podia lograr más.   Por eso en agosto de ese mismo año comencé mis estudios conducentes al grado de Maestría en Administración Pública en la misma universidad.   Mi deseo y mi interés no había decaído pero las circunstancias habían cambiado, mi diabólica esposa se oponía a que yo continuara estudiando.  Luego de terminar sus estudios en el PRJC, 4D3L1N3 no quiso trasladarse a ninguna otra universidad para tratar de obtener un título universitario.  Tampoco hizo nunca gestiones en el mercado de empleos para encontrar algún trabajo relacionado a sus destrezas técnicas.  Después de dejar sus estudios permaneció dos años y medio encerrada en el pequeño y económico dormitorio que alquilamos sin estudiar ni trabajar,  provocando un período de estancamiento y anulando sus propias capacidades.  Pero a pesar de su oposición,  comencé mis estudios en la Escuela Graduada de Administración Pública y al mismo tiempo comencé a realizar gestiones afirmativas para cambiar de empleo apoyándome en la realidad de que ya poseía un título universitario.   Nuevamente mi esfuerzo logró resultados.
 
                             mayo-junio 1986 Graduación en la Universidad de Puerto Rico                                                    

 

Después de cumplir con todos los requisitos que establecía la ley de Personal del Servicio Público en cuanto a reclutamiento y selección, en noviembre de ese mismo año comencé mis nuevas funciones como Alguacil Auxiliar en el Tribunal General de Justicia, Tribunal  Superior, Sala de Carolina.  Esto trajo un cambio absoluto en mi vida.  De repente cambiaron muchas cosas a mi alrededor: de trabajar solo entre hombres, a trabajar en un lugar donde las mujeres eran mayoría; cambiar el uso de un uniforme policíaco, a vestimenta formal con chaqueta (saco) y corbata; de  estar rodeado con personas que en su mayoría apenas tenían estudios, a ser parte de un círculo de profesionales, muchos de ellos con acceso a las estructuras políticas del país; de trabajar en una agencia rezagada, a una rama de gobierno tecnológicamente avanzada; de recibir un sueldo que me limitaba, a uno que me permitía comodidades.  En fín, mi vida dió un giro total cambiando todo a mi alrededor, mientras en la intimidad de mi hogar, todo continuaba igual.

Por ser el mes de noviembre el más cercano a las navidades, ya se sentía el ambiente de fiesta en mi nuevo lugar de trabajo y esto me ayudó a conocer a los empleados/as y a darme a conocer entre ellos.  El entonces Alguacil General de la Región Judicial de Carolina, José M. Cruz, mi jefe, había advertido a los alguaciles recién ingresados que evitemos entrar a la Secretaría del Tribunal si no era necesario, para evitar problemas que ya habían ocurrido en el pasado, y de manera jocosa añadía que allí las secretarias se rifaban entre ellas a los nuevos alguaciles.  Aunque sus palabras fueron satíricas, y así mismo fueron entendidas, poco tiempo después comprendí el mensaje de la experiencia, no estaba lejos de la realidad.