A sólo un mes de haber comenzado en mi nuevo trabajo, ya había perdido el control de mis actos. Mi nuevo lugar de empleo era adictivo y el ambiente embriagante, una combinación explosiva. Casi nadie estaba a salvo de traspasar los límites laborales en las relaciones personales. Sólo era cuestión de tiempo. Pero en lo personal, el tiempo y yo nunca hemos sido buenos amigos.
Entrar a la secretaría del tribunal me intimidaba y aunque desconozco si fuí objeto de rifa, mi presencia allí era bien atendida y motivaba mi regreso. Ciertamente las mujeres que realizaban funciones secretariales en esa sección, además de ser muchas, eran elegantes, atractivas, y con capacidades intelectuales. Difícil para un hombre no observar, comparar y seleccionar (utilizo el verbo "seleccionar" dentro del mismo contexto que utilicé el término "rifar", figurativamente, no literal). Pero una extraña atracción me permitió observar y seleccionar sin necesidad de comparar. Su nombre era E.M.R.R., a quien identifico como Eda, y estaba asignada a la ventanilla de atención al público del Tribunal de Distrito. Esto me permitía verla y saludarla sin necesidad de entrar a la secretaría. Aunque nuevamente la apariencia física de una chica cautivó mi mirada: delgada, ojos grandes, rostro perfilado, cintura y caderas admirables, perfíl lateral curvilíneo y un andar de prisa: fué su personalidad la que me magnetizó. Fué una misteriosa atracción que se manifestaba con miradas copulativas y sonrisas que fueron suficientes para fomentar una amistad que limitaba nuestros deseos. Pero todo cambió el 14 de febrero de 1987
A pesar de que mi esposa 4D3L1N3 permanecía siempre en el pequeño apartamento que rentábamos, había logrado control emocional sobre mis acciones, que incluía no tener amigos, impedir que saliera sin ella, y hasta mi hora de llegada al hogar. Pero la naturaleza del trabajo en el tribunal era diferente a la de guardia penal porque casi nunca podía estar en mi hogar cada día a la misma hora. Esto me permitía estar fuera en horarios irregulares y justificarlo en ocasiones con la media verdad de que salí tarde de trabajar (una Sala en session, transportando confinados, diligenciando un arresto, etc.). Mi esposa había logrado anular mi voluntad casi por completo con sus constantes cuestionamientos y sus detestables miradas de hostilidad. Había logrado a través de la manipulación, restarme poder y control de las decisiones que afectaban mi vida. Su hostilidad y control solapado no me permitía ser yo mismo, me sentía prisionero de su caracter. Lo que se teme, se atrae. Por eso, en la práctica, comencé a tener una doble personalidad: la del hogar, pasivo y sin amigos; la del trabajo, dinámico y sociable. Aunque era relativamente fácil para ella observar que ese era mi comportamiento, no podía hacer nada debido a sus limitaciones: no trabajaba, no estudiaba, no tenía hijos, no tenía hogar propio, no era capaz de buscar trabajo, y no estaba dispuesta a volver al arrabal.
Pasados los meses de diciembre y enero, Eda y yo habíamos alcanzado una respetuosa y sincera amistad pero conscientes de nuestros deseos, los mismos que no pudimos continuar reprimiendo cuando llegó el 14 de febrero, día del amor. Ese día Cupido nos flechó en una de las muchas actividades que celebraban los empledos del Tribunal de Carolina. Con nuestro primer beso transformamos nuestra hermosa amistad en una hermosa relación entre un hombre y una mujer. Relación que tenía un gran obstáculo, yo era un hombre casado. A mis 29 años de edad y con cuatro años casado, me inicié en la categoría de hombres infieles. Eda siempre tuvo conocimiento de mi condición de hombre casado y así acepto nuestra amistad y posterior relación. Su hogar estaba compuesto por ella, una hermana, su madre y su padre (creo que padrastro). Tando ella como su hermana eran solteras y trabajadoras pero, particularmente Eda, tenía un atractivo adicional, a sus 25 años todavía no había conocido el amor. Después de nuestro primer beso mi sentimiento se transformó, sólo deseaba estar con ella, no me interesaba llegar a mi hogar. Nuestro comportamiento hacía evidente a todos en el trabajo nuestra relación, y le hacía evidente también a 4D3L1N3 que algo estaba ocurriendo, pues mi comportamiento cambió.
En abril de ese año y a sólo días de realizarse la boda que uniría en matrimonio a mi hermano Ramón con su hermana Maritza, 4D3L1N3 había acordado con ellos ir a Ponce y permanecer allí algunos días para ayudarlos en la preparación de la misma. Mientras tanto, por ser días laborables, yo acordé reunirme con ellos el viernes de esa semana luego de finalilzar mi día regular de trabajo. Pero hubo un acontecimiento adicional que nadie pudo prevenir, esa misma semana era la celebración de la semana de las secretarias. Siendo así, ese viernes no podía faltar alguna actividad de celabración en mi trabajo. Mientras tanto, en nuestras conversaciones, Eda y yo nos habíamos confesado el deseo de culminar nuestro amor en un tántrico acto sexual. Ella no quería entregar su voluntad pero no podía negarse a ceder a lo que tanto temía y deseaba al mismo tiempo.
Habiéndose alineado todas las circunstancias a nuestro favor, ese día a las 5:00 pm, luego de terminar nuestra actividades laborales, incumplí mi promesa de dirigirme hacia Ponce y en compañía de la mujer con la que realmente quería estar, continuámos nuestro vienes social y de celebración en la semana de las secretarias. Ese día compartimos un bonito atardecer como dos amantes que se profesaban mutuamente admiración, amor y deseo. Compartiendo y conversando, decidimos fundir nuestro amor en uno sólo y en horas de la noche nos dirigimos al conocido Motel Riverside que ubicaba al final de la carretera 181 conocida como Expreso de Trujillo Alto en ese mismo pueblo. Mis recuerdos de esos momentos están casi intactos, pero informar de lo que pasó entre nosotros esa noche es algo que mi mano se resiste hacer. Ese día, San Valentín hizo un milagro. Al final de esa hermosa noche de estrellas nos dispusimos a retirarnos los tres: Eda, Cupido y yo, dejando sólo como evidencia manchas de amor.
En Puerto Rico se ha creado una imagen negativa en relación a la semana de las secretarias. Chistes y comentarios degradando la imagen de las mujeres que ocupan esas posiciones son cosas de todos los días pero que logran su cénit en la celebración de su semana. Ese día de amor tántrico, a la salida del Riverside, no sólo pude comprender el origen de estos comentarios, también pude ver que no son comentarios infundados. Pasada las 12:00 de la media noche mientras me dirigía a la puerta del garage para retirame del motel junto a Eda, escuché diferentes voces en conversación. Extrañado continué con mi retirada pero al abrir el garage me llevé una sorpresa de fantasía, mi raciocinio tuvo que hacer ajustes frente a lo que veían mis ojos. Ver para creer. La fila de automóviles para entrar a la primera habitación que se desocupe y se encuentre disponible era tan larga que pasaba la capacidad del estacionamiento y llegaba a la carretera principal fuera del motel. La línea y la espera era tan larga que los ocupantes de los autos salían de los mismos mientras esperaban y conversaban fuera de ellos como si estuvieran esperando la entrada a un cine o a una feria de entretenimiento. Seguramente, si en lugar de ser testigo de este hecho, me lo hubieran contado, no lo hubiera creído; hombres y mujeres caminando por el estacionamiento de un motel mientras esperaban su turno para ...¿dormir?
Demás está decir que mi acción provocó reacción. Los siguientes días 4D3L1N3 mostró su peor cara y nuestras conversaciones se limitaron a sólo lo básico y necesario obligados por las circunstancias de la boda. Pero de regreso a mi trabajo, aprovechó la ocasión de encontrase sóla en el hogar (como todos los días) para buscar y rebuscar (como siempre) alguna evidencia de acciones incriminatorias de mi parte, y esta vez la encontró. Mi libreta de notas, instrumento en el que canalizaba mi síndrome del salvavidas, fué encontrada y leída por ella. Su contenido era cierto y exacto: nombre, fecha, pero sobre todo, mi sentimiento de alegría y emoción. Destruye un mito, crea una leyenda. Su reacción me hizo entender que encontró las respuestas a todas sus dudas. Regresando al hogar la encontré llorando y a mi pregunta de que le estaba ocurriendo, me confieza que leyó mis notas y rápidamente me pregunta quien es Eda. Sin obtener respuestas claras de mi parte, mi defenza fué nula y sin contender sus acusaciones, acepté con mi silencio lo que estaba ourriendo. Sin fuertes discusiones, continuámos con el tema hasta que llegó un momento que lo recuerdo como algo ridículo de esa situación; ella me pidió que me fuera de la casa. Utilizo la expresión ridículo porque es la manera más fácil de describir mi respuesta a su pedido. - ¿Y tú que vas a hacer? - fué mi respuesta en forma de pregunta. Ella no trabajaba, no estudiaba, no conducía, no tenía hijos, no tenía hogar propio, ni ingresos para el pago de un alquiler, ¿qué podía hacer? Sólo una cosa, sólo tenía una opción: irse ella y regresar al arrabal. Al día siguiente lió sus bártulos y se marchó.
Por los siguientes tres meses me convertí nuevamente en un hombre soltero, por lo menos de lunes a viernes porque casi todos los sábados y/o domingos viajaba a Ponce para reunirme con ella en el callejón California en donde regrasamos al pasado compartiendo como pareja de novios. Ese largo período de tiempo sirvió para pensar, reflexionar, actuar, sentirme felíz soltero, sentirme felíz con Eda, sentirme triste soltero, sentirme triste con Eda, volver a tener amigos, y muchas otras reacciones encontradas que me confundían. Mientras continuaban pasando las semanas, más aumentaba mi confusión y llegué a sentir que realmente yo no sabía lo que quería. Eda comenzó a consumir todo mi tiempo y sentí que mi vida estaba nuevamente inestable, buscando salida en mi laberinto. Para ayudarme a encontrar esa salida, tomé la decisión de visitar y consultar algún psicólogo que pueda orientarme en mi confusión. Luego de mucho buscar en las páginas amarillas de la guía telefónica, contacté con una persona que, por la forma en que se anunciaba en esa guía, se presentaba como la mejor opción por su experiencia. Pero otro fue el cantar de la golondrina. La dirección que proveía como consultorio era su propio hogar, se manifestó su nacionalidad extrangera y su ideología política y no demostró mas profesionalismo psicológico que el que puede tener un familiar o un buen amigo. A pesar de eso, y de costear todas las visitas con mi propio dinero, decidí continuar con el tratamiento psicológico. A requerimiento de la psicóloga, 4D3L1N3 también la visitó en su hogar-consultorio y aunque la mal llamada terapia no funcionó, sirvió para que 4D3L1N3 y yo volviéramos a dormir juntos una noche, antes de ella regresar a Ponce. Este hecho se convirtió para la psicóloga en la más insistente razón para que volviéramos a convivir como marido y mujer. Ese argumento, que desde mi perspectiva, es poco profesional, tuvo sus efectos y en el mes de agosto de ese año 1987 reanudamos nuestra vida matrimonial con la apariencia de que nada había pasado. Pero 4D3L1N3 tenía otros planes. (En el año 2003 cuando su decisión del divorcio era firme y se encontraba en pleno proceso de destrucción, me confesó que en aquella ocasión regresó conmigo por que no quería volver a convivir con su madre). Esto provocó el final de la bonita relación que teníamos Eda y yo. Pero como la sinceridad y el respeto siempre fue parte importante de nuestro amor, no logró romper la hermosa amistad que teníamos y que sobrevivió por mucho tiempo.
Por motivo de que no estaba en nuestros planes tener hijos, 4D3L1N3 decidió, desde la planificación de nuestra boda, utilizar la píldora como método anticonceptivo por que quería evitar la atención y el tiempo que requería el método natural del ritmo o conteo (el mismo que utilizaba desde la edad de 14 años). Pero luego del primer año el costo mensual de las píldoras nos obligó a cambiar ese método por el del ritmo, alternado con el uso de gomas profilácticas (condones) cuando existiera dudas sobre su ovulación. La mínima duda siempre era a favor del condón. Más de dos años utilizando éste método habían probado el perfecto conocimiento que ella poseía sobre su cuerpo. Pero sospechosamente su expertiz conocimiento falló el mismo mes de agosto que aceptó reanudar su vida matrimonial.
Recordándole nuevamente a los lectores de ésta autobiografía que me encuentro bajo solemne juramento de decir sólo la verdad, deseo dejar establecida mi paz mental de estar cumpliendo cabalmente con mi juramento. La situación que me propongo exponer a continuación pudiera ser pensada por algún lector como una fantasía, pero les aseguro que mi propósito de paz interior no me permite fantasear, tampoco el juramento.
Luego de reanudar nuestra convivencia, los días transcurrían en aparente armonía y en busqueda para recuperar la confianza. Inmediatamente reanudamos también nuestras actividades sexuales como antes, basados en el método del conteo, pero un día mi propia experiencia me alertaba que las siguientes relaciones estarían dentro del margen de duda que obligaba el uso del condón para evitar un posible embarazo. Por esa razón, un día de agosto de ese año 1987 el cual recuerdo muy bien que era domingo, nos encontrábamos en el ritual preparatorio como antesala a otra actividad sexual, cuando no resistí más el deseo de culminar en cópula y procedí a buscar un condón para, como siempre habíamos hecho en el pasado, la tranquilidad de ambos. A la duda, saluda. Pero en ese momento se me hizo difícil creer que ella no tuviera dudas y me solicitara que no utilice el profiláctico alegando que no era necesario. Aunque en el pasado yo siempre había confiado en su juicio, la simple duda de uno de nosotros era suficiente motivo para protegernos. Pero mi sorpresa fué doble cuando le indiqué que por mis dudas yo utilizaré el condón y me responde con una negativa a tener sexo si procedo con su uso. Este comportamiento nunca antes exibido por ella, me alertaba de una posible intención oculta. Insistí en su uso hasta que finalmente ella decidió que no tendríamos relaciones sexuales en ese momento, afectando así de forma negativa mi ansiedad sexual. Me quedé con la carabina al hombro. Pensando en que la posibilidad de la situación era temporera, discimulé mi disgusto y acepté no tener sexo en esa ocasión. Su actitud solo confirmó el control que posee el género femenino sobre la sexualidad.
El día siguiente, lunes, se repite de forma casi idéntica la situación y nuevamente se niega a tener sexo si yo insistía en usar el condón. Nuevamente dudé de su intención pero también recordé que nunca antes ella se había equivocado, ¿porqué fallar ahora?, ¿porqué dudar? ¿porqué no creerle? Adicionalmente, mi seseo sexual era intense y no quería quedarme nuevamente con la carabina al hombro. Un pelo jala más que una grúa. Si el sexo no causara placer, no estaría garantizada la continuidad de la especie humana. Por eso, las personas cuando buscan sexo, lo que realmente desean es placer, lo demás es consecuencia. En ese momento yo deseaba placer, pero la historia confirmó que no compartíamos el mismo deseo.
Debo decir que mantengo frescos los recuerdos de estos hechos porque al dudar de su intención me motivé a escribir en mi calendario de notas, síndrome del salvavidas, cada detalle de lo ocurrido para confrontarla si era necesario. Varios días después llegó con la noticia. La artista de la actuación me informó con un incontrolable llanto, que se encontraba embarazada y que no quería tener al bebé; lo primero se lo creí, lo segundo nó. Menos de 24 horas fueron suficientes para que su llanto desaparezca y se manifieste su alegría en cada ocasión. Ciertamente que la confronté con mi creencia del entrampamiento, pero lo hice mucho tiempo después porque la realidad era que yo sentía el deseo de tener un hijo, pero no con ella. Pero cinco años de matrimonio era suficiente tiempo para no negarme esa oportunidad, más aún a mis 29 años de edad. Ese período de cambio requirió muchos ajustes de nosotros porque adicional al embarazo, obtuvo su primer empleo mientras mis sentimientos hacia Eda todavía no se habían esfumado por completo.
Al unísono con su embarazo comenzó a trabajar como secretaria, pero no fué un logro, sino un premio a su belleza. Algún tiempo antes, yo había leído en uno de los periódicos del país un anuncio clasificado en el que se notificaba al público en general, que se estaba abriendo una convocatoria para algunos puestos de trabajo en el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Esto es un requisito establecido por la Ley de Personal de las agencias de gobierno y sus instrumentalidades, así como las Ramas Legislativas y Judicial. Llamó mi atención en la lista el puesto para Custodio de Parques Nacionales y me despertó curiosidad por conocer más sobre esa posición por lo que decidí llegar hasta el Instituto de Cultura en el Viejo San Juan para orientarme y recoger una aplicación de empleo para el mismo. Pero entre las convocatorias anunciadas había una para el puesto de secretaria, y siendo así aproveché la ocasión para recoger una adicional para que 4D3L1N3 también solicite ser considerada para esa posición. Transcurrido algún tiempo, habíamos olvidado esas solicitudes de empleo a pesar de que ambos habíamos sido notificados previamente que ambos estábamos en la lista de candidatos elegibles para las respectivas posiciones. Esa fué la única notificación que yo recibí, no fuí seleccionado. Por el contrario, 4D3L1N3 fué notificada para comparecer a una entrevista en la División de Música del Instituto. Emocionados por esa oportunidad, conversamos en relación a como proceder en la entrevista aportando ideas y experiencias. Ese día, de regreso al hogar mantuvo una sonrisa en su rostro todo el día; había sido seleccionada.
Su entrevistador fué el entonces Sub Director de la División de Música, William Meléndez, quien también era miembro de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico tocando el Chelo. Muy emocionada, 4D3L1N3 me comenta sobre ese momento. El director había realizado varias entrevistas en días anteriores y 4D3L1N3 era, si no la última, una de las últimas, porque el jefe de la oficina ya había seleccionado a otra persona para ocupar el puesto vacante y la misma ya había sido notificada verbalmente sobre su selección, pero por ley tenía que esperar a que finalice todas las entrevistas programadas antes de proceder con su nombramiento. Al final de la entrevista el director le dió conocimiento a 4D3L1N3 de que ya había seleccionado a otra persona pero buscaría la manera de dejar sin efecto la anterior selección para nombrarla a ella (4D3L1N3) en el puesto de secretaria que tenía vacante en su oficina, estaba cambiando su decisión. ¿Porqué?
No tengo dudas de su capacidad para realizar ese trabajo de complejidad simple, pero esta ausencia de dudas no es absoluta. Su preparación minima y su experiencia era ninguna; si todas las candidatas entrevistadas poseían estas mismas condiciones, estoy convencido de que su selección fué la correcta. Pero aún así, si la anteriormente seleccionada compitió en igualdad de condiciones, ¿porqué cambiar de opinión el director? ¿Existió alguna consideración adicional que le daba ventaja a 4D3L1N3? Si la respuesta a esta pregunta es afirmativa, no tengo dudas de que ese elemento fué su belleza; su diabólica e hipnotizante belleza. Elegantemente vestida y perfectamente maquillada, como ella sabe hacerlo, crea en 4D3L1N3 una impresionante presencia física y belleza seductora que deleita a los hombres. Su poderosa atracción inicial siempre ha sido su instrumento para abrirse camino con más facilidad que otras mujeres. Con intención o sin ella, esto siempre ha ocurrido así. Su rostro agraciado, sonrisa radiante, cuerpo curvilíneo y andar de eterna señorita, provoca en los hombres un efecto de admiración hipnotizante que ocasiona en muchos la perdida de voluntad propia casi hasta el sometimiento. Pocos días despúes se encontraba sentada en la silla de su escritorio. Con esfuerzo mínimo, logró el éxito posible. ¿Triunfo o recompensa? El triunfo es fácil de conseguir, lo difícil es merecerlo.
Los primeros días de su embarazo manifestaba su emoción en cada palabra y en cada acción y expresaba su deseo de que naciera un niño, pués en su familia no había varones. Por otro lado, mi propia emoción me confundía: la forma y manera del embarazo, el momento, mis sentimientos, mi inseguridad, su mentira blanca y otras memorias traumámicas hacían imposible que se manifestara mi deseo de ser padre. Pero no todas mis memorias fueron negativas, Eda continuaba en mis pensamientos a pesar de que el fín de nuestra relación era un hecho del que estaba consciente. Pero intrusos recuerdos llegaban a mí de bonitos acontecimientos y conversaciones con ella. Uno de esos recuerdos provocó un cambio en mis pensamientos y emociones. Repentinamente sentí un entusiasmo incontrolable, una extraña euforia que me hacía creer nuevamente en las cosas buenas de la vida y restablecía mi creencia en los acontecimientos divinos. Recordé que en una de nuestras bonitas conversaciones Eda me había mencionado que ya tenía escogido el nombre que le pondría a su primera hija cuando llegue ese momento. Pensando en el futuro, ella había seleccionado desde hacía mucho tiempo antes, el nombre Jesslin, con fonética "yeslín", como el que le asignaría a su primogénita cuando se presente la ocasión. Este recuerdo convirtió en una causa mi deseo de ser padre del bebé que estaba por nacer dentro de mi matrimonio, pero sólo si se cumplían dos condiciones, una divina y la otra humana. La primera: tiene que ser niña. La segunda: tiene que llamarse Yeslín.
Evitando plagiar su idea, como contribución a mi tranquilidad, le solicité a Eda su autorización para asignar su idea original como onomástico a mi futuro bebé en caso de nacer una niña. A esto su primera reacción fué de rechazo y, dentro de una sincera conversación me preguntó: - ¿Porqué quieres ponerle ese nombre? - Sincerándome también, mi respuesta fué explicita, - Para acordarme siempre de tí. - Le comenté mi deseo de escribir el nombre de forma diferente utilizando su fonética y no su propia escritura gramatical. Su respuesta me hizo felíz, consintió en mi deseo. Pero todavía quedaba dos condiciones por superar, que el bebé fuera niña, y como lograr que 4D3L1N3 acepte mi deseo.
En la década de 1980 había en Puerto Rico un programa de televisión con una gran audiencia. A millón era un programa de juegos que tenía como animador principal a Hector Marcano y a Ivone Goderich de co-animadora original y que luego fué sustituída por Jailene Cintrón. A través de ese programa escuché por primera vez el nombre Jailene, con fonética "yailin" y aproveché el momento para hacerle creer a mi esposa que me gustaba ese nombre para nuestro bebé, si nace niña, y se lo propuse como única opción. Luego de aceptar, le propuse también que "para ser original", el nombre se escriba usando su fonética y no su gramática, algo que ella también aceptó. Finalmente cambié la gramatica logrando mi deseo de llamarla Yeslín si nace una niña.
Pienso que ella aceptó todas mis propuestas porque estaba confiada de que nuestro bebé sería un varoncito que haría realidad sus sueños y no los míos.
Después de esa conversación comencé a pensar, actuar y hablar con la seguridad de que sería una hermosa niña la que llegaría a mi vida. Pero ambos decidimos (creo que por temor a ver quien se desilucionaría, ella o yo) no saber con anticipación el sexo y esperar el momento del parto. Llegó el momento y el jueves 21 de abril de 1988 a las 11:27 pm nació la niña, nació Yeslín.
Minutos antes del nacimiento, me encontraba en la sala de partos acompañando a mi esposa cuando entró el médico ginecólogo anunciando que comenzaría con el correspondiente proceso del parto y me hizo entrega de una bata médica desechable para que yo la utilice mientras presenciaba el mismo. Pero por razones válidas en el plano personal, me negué a estar presente. Sorprendido, el doctor me pregunta el motivo insinuando que yo no soportaría el impacto de presenciar un parto. Se equivocó; la verdad fue que yo me encontraba divinamente convencido de que vendría una niña que sería mi hija, pero de la que me negué a pensar en 4D3L1N3 como su madre. Estaba evitando la fotografía mental, pues quería pensar en mi hija como la flor obtenida de un jardín que me regaló su mejor rosa. Ese sentimiento duró con intensidad los primeros años de su crecimiento, provocando que tuviéramos diferencias en la crianza de la niña, siendo la religión la más marcada.
Mi sentimiento hacia la iglesia católica en ese momento era muy diferente al que me habían inculcado en mi hogar, era de desconfianza y poca credibilidad. Por eso mi deseo era esperar a que mi hija creciera y escogiera ella su preferencia religiosa. Pero como siempre ocurría, 4D3L1N3 imponía sus decisiones y a pesar de que yo le había comunicado mi deseo, ella decidió bautizar a la niña en la religión católica y escogió la fecha de domingo 15 de abril de 1990 para celebrarle su segundo cumpleaños a la misma vez que la iniciaba en esa religión con un bautizo. También decidió celebrar esas actividades en nuestra ciudad natal, Ponce, seleccionando ella la parroquia y el hogar de su hermana Maritza y mi hermano Ramón como local de celebración y a ellos como los padrinos de bautizo.
Sus decisiones provocaban en mí un silencioso disgusto que me incomodaba. Pero nunca he permitido que mis propias creencias entren en conflicto con los de otras personas, menos aún con mi familia. Por esa razón no actué para impedir que ella se imponga, pero utilizando como subterfugio que ese día yo tenia que trabajar (en un segundo empleo que tenía a tiempo parcial como guardia de seguridad), me negué a estar presente en el bautizo de mi hija, y así lo hice.
Situaciones similares a la anterior se repitieron a través de los años en nuestro matrimonio. Otra de esas situaciones que marcó nuestras diferecias fué el momento de seleccionar la educación primaria de Yeslín. En lo personal, yo no tenía objeciones a que la niña, al igual que yo, estudie en escuelas públicas, pero no puedo negar que el costo de la educación pesó mucho en mi sentir, mientras 4D3L1N3 quería que la niña estudie en un colegio privado, al igua que ella. En ese momento no fué difícil para ella imponerse porque yo siempre reconocí los problemas existentes en Puerto Rico en relación a la educación pública. Mi deseo era más por razones económicas. Siendo esa la situación, acepté que la niña reciba su primera educación de algúna escuela privada pero nuevamente rechacé la idea de que fuera una escuela católica. En mi búsqueda, alguien me comentó de un colegio privado que ubicaba dentro de la urbanización Villa Prades en Río Piedras, un área accesible para nosotros. Era el Colegio Felícita Rosado, el cual pertenecía a la Iglesia Evagélica Unida de Río Piedras, la misma que había dirigido anteriormente el padre de uno de mis mejores amigos (ver Biografía de un infoiel). Este colegio reunía todas las características de mi preferencia. Un día salimos hacia Villa Prades a buscar el referido colegio y lo encontramos. Comentamos sobre el mismo pero sin tomar desiciones, pues era prematuro el monento. Sin embargo dentro de la misma urbanización, y relativamente cerca de ese colegio, nos tropezamos por casualidad con otro colegio que nos impresionó por su planta física. Era el Colegio Nuestra Señora de Altagracia, perteneciente a la Iglesia Católica. Aunque ciertamente éste lucía más atractivo a prima facie, mi preferido continuaba siendo el Felícita Rosado. Nuevamente ella demostró su intransigencia y apego a las tradiciones, como si ella fuera un ejemplar resultado de la educación católica. Estas situaciones se repitieron infinidad de veces de forma descarada y pre potente.
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